2020.01.05 Homily

Readings and Gospel at USCCB

In the year 1954, Dr John Lilly, a scientist and psychoanalyst, developed a contraption that would come to be known as a sensory deprivation tank. 

A tank that was lightproof, soundproof, heated to body-temperature, and filled with enough of a highly salinated water mixture so that you would float without any exertion.

The idea being a person would float in this box, hearing and seeing nothing, and feeling no disconnect from the world outside their body.   

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It’s used today in various therapies, especially recovery for athletes, though there has never been conclusive proof of its benefits for relaxation.

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However, leading up to the time it was invented, there were many diverse theories about what would happen to people who used it.

Some thought it would be a complete form of relaxation, with all stimuli of physical tension removed.

Others thought it would drive people insane, left alone with only their thoughts and the incessant pounding of their heart and the pattern of their breathing.

Still others thought it would allow for hyper-concentration and an ascendance to new levels of thinking.

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In the end, they were all wrong. Those who have spent time in such a tank, report that it is relaxing, but also disconcerting; some love it, others hate it.

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The reason I mention these sensory deprivation tanks, is that such a tank, is synonymous with fallen humanity.

When humanity fell, when we committed our original sin, we pushed God away, wanting to be on our own.

We didn’t want God’s input, we were captivated by the sound of our own heart, we wanted to listen to nobody else’s. 

We were lulled into a sense of security by our own breathing, and didn’t realize the danger we were in.

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But imagine this: floating in one of those tanks, completely sealed off from everything, and someone makes a tiny hole in the tank, a tiny spot of light shines through the darkness.

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It would be all you could pay attention to. That light would become everything. By it you would just be able to make out you are floating around, as good as dead. Getting nothing done, helping nobody, fading away to complete insignificance and obscurity.

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That is the light of Christ.

That is what he brought.

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A light by which our ugliness and uselessness and obscurity is made clear.

But also a light which shows us the way to freedom, wonder, and significance.

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The magi followed a star, and what they were seeking was hope and fulfillment.

Hope: that the age of hopelessness was coming to a close.

And fulfillment of an eternal Kingship.

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For God had returned, to dwell with His people, for all eternity. 

En Español

Lecturas y Evangelio en la USCCB

Hace sesenta y cinco años, el doctor John Lilly desarrolló un dispositivo que se conocería como un tanque de privación sensorial.

Un tanque a prueba de luz, insonorización, calentado a la temperatura corporal y lleno de una cantidad suficiente de una mezcla de agua altamente salina para que pueda flotar sin ningún esfuerzo.

El concepto de este tanque es que una persona flotaría en esta caja, escuchando y sin ver nada, y sin sentir ninguna desconexión del mundo fuera de su cuerpo.

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Antes del momento en que se inventó, había muchas teorías sobre lo que sucedería a las personas que lo usaban.

Algunos pensaron que sería una forma completa de relajación, con todos los estímulos de tensión física eliminados.

Otros pensaron que enloquecería a las personas, que se quedarían solas con solo sus pensamientos y los latidos incesantes de su corazón y el patrón de su respiración.

Aún otros pensaron que permitiría la hiperconcentración y un nuevo nivel de pensamiento.

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Al final, todos estaban equivocados. Los que han pasado tiempo en un tanque así, informan que es relajante, pero también desconcertante; algunos lo aman, otros lo odian.

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La razón por la que menciono estos tanques de privación sensorial es que ese tanque es una imagen para la humanidad.

Cuando la humanidad cometió nuestro pecado original, alejamos a Dios, queriendo estar solos.

No queríamos la ayuda de Dios, estábamos cautivados por el sonido de nuestro propio corazón, queríamos escuchar a nadie más.

Fuimos arrullados a una sensación de seguridad por nuestra propia respiración, y no nos dimos cuenta del peligro en el que estábamos.

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Pero imagine esto: flotando en uno de esos tanques, completamente sellado de todo, y alguien hace un pequeño agujero en el tanque, un pequeño punto de luz brilla en la oscuridad.

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Sería todo a lo que podrías prestarle atención. Esa luz se convertiría en todo. Por él podrás ver que estás flotando, tan bien como muerto. Logrando nada, ayudando a nadie, desvaneciéndose para completar la insignificancia.

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Esa es la luz de Cristo.

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Una luz por la cual nuestra fealdad, inutilidad y oscuridad quedan claras.

Pero también una luz que nos muestra el camino hacia la libertad, la maravilla y el significado.

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Los magos siguieron a una estrella, y lo que buscaban era esperanza y satisfacción.

Espero que la era de la desesperanza esté llegando a su fin.

Y el cumplimiento de un reinado eterno.

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Porque Dios había regresado, para habitar con su pueblo, por toda la eternidad.

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