2020.10.25 Homily

Readings and Gospel at USCCB

Today we are presented with a familiar scene in the Gospels: Jesus being put to the test by the Pharisees.

It’s worth actively considering this process: Jesus would preach and teach in public settings, he would draw a crowd, and the Pharisees and Sadducees would eventually show up.

At a cursory reading of the Gospel’s, it seems obvious that they felt threatened by the things Jesus was saying.

Either he was calling them out as hypocrites, challenging their teachings with his own, or just flat out insulting them.

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Thus they had good reason to feel threatened!

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And so they tested him, tried to make him look foolish; wreck his credibility, as he was destroying theirs.

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That’s why they asked him this question: which commandment in the Law is the greatest.

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This question is ridiculous, and impossible to answer, because there are hundreds of laws in the Old Testament.

The Book of Leviticus itself was an entire book of laws, and other groups of laws were scattered throughout the rest of the Old Testament. Over six hundred commandments in total.

There was no definite answer on which was the most important, to ask that question, was to invite speculation.

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But Jesus answers with authority and power.

He outlines that the center, the heart of the law: is love.

Love of God, and love of neighbor: in taking on those tasks, we move closer to Heaven, and further from Hell.

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This ties in with our first reading, which ends with God saying: I am compassionate.

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Deus caritas est: God is love.

Love is willing the good of the other.

Compassion, feelings of sorrow and distress at the misfortune of another, is an expression of that love.

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As our heavenly Father is compassionate, and cares deeply for those in distress, so should we follow that example.

The dire straits of those who suffer should cause our hearts to bleed with compassion.

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But it is easy for our hearts to turn to stone.

At some point the cry of a child, the plight of the exile, the incoherent ramblings of the homeless, fail to move us.

The fire of God’s love within us, can burn low, suffocated by the dual sins of cynicism and despair.

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So as we approach the altar today, let us beg God to soften our hearts, so that we may be compassionate, as He is compassionate.

That he may turn our hearts of stone, into hearts that love, as He loves. Amen.

En Español

Lecturas y Evangelio en la USCCB

Hoy vemos una escena familiar en los evangelios: Jesús es probado por los fariseos.

Sucedió una y otra vez: Jesús predicaría y enseñaría en lugares públicos, una multitud se reunía a su alrededor y los fariseos y saduceos finalmente aparecían.

Y es obvio que esos fariseos y saduceos se sintieron amenazados por las cosas que Jesús estaba diciendo.

O los estaba llamando hipócritas, desafiando sus enseñanzas con las suyas propias o insultándolos.

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¡Así que tenían buenas razones para sentirse amenazados!

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Entonces lo probaron, trataron de hacerlo parecer tonto; destruir su credibilidad, como él estaba destruyendo la de ellos.

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Por eso le hicieron esta pregunta: qué mandamiento de la ley es el mayor.

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Esta pregunta es imposible de responder, porque hay cientos de leyes en el Antiguo Testamento.

El Libro de Levítico en sí era un libro completo de leyes, y otros grupos de leyes estaban esparcidos por el resto del Antiguo Testamento. Más de seiscientos mandamientos en total.

No había una respuesta definitiva sobre cuál era la más importante, hacer esa pregunta era invitar a la especulación.

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Pero Jesús responde con autoridad y poder.

El corazón de la ley es el amor.

Amor a Dios y amor al prójimo: en esas tareas nos acercamos al Cielo y nos alejamos del Infierno.

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Esto está relacionado con nuestra primera lectura, que termina con Dios diciendo: Soy compasivo.

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Deus caritas est: Dios es amor.

El amor es querer el bien del otro.

La compasión, los sentimientos de tristeza por la desgracia de otro, es una expresión de ese amor.

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Así como nuestro Padre celestial es compasivo y se preocupa profundamente por los afligidos, también debemos seguir ese ejemplo.

La terrible situación de los que sufren debería hacer que seamos compasivos.

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Pero es fácil que nuestros corazones se conviertan en piedra.

En algún momento el llanto de un niño, la difícil situación del exilio, las incoherentes divagaciones de los sin techo, no logran conmovernos.

El fuego del amor de Dios dentro de nosotros puede arder lentamente, sofocado por los pecados duales del cinismo y la desesperación.

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Así que al acercarnos al altar hoy, roguemos a Dios que haga que nuestros corazones ardan con Su amor, para que podamos ser compasivos, como Él es compasivo.

Para que convierta nuestros corazones de piedra en corazones que amen, como Él ama. Amén.

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