2021.09.26 Homily

Readings and Gospel at USCCB

In the second half of our Gospel, Jesus offers his zero-tolerance policy towards sin.

If your hand causes you to sin: cut it off.

If your foot causes you to sin: cut it off.

If your eye causes you to sin: pluck it out.

To sin is such a horrendous act, there is no cost too great to avoid it.

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It is of course necessary to say that Jesus does not actually command us to cut off our limbs: to avoid one sin by committing the sin of self-harm does not make any sense.

Jesus is speaking symbolically, but the violence and sacrifice he indicates is the importance conveyed by the symbol.

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Sin begins on a spiritual level: in our soul, where our disordered desires prompt disordered thoughts, which, if followed, become disordered actions.

Sin begins at the level of the soul, and eventually makes it’s way into the physical world around us.

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If we want to cut off our sin at the source, we need to work on our souls.

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Let’s take a closer look at the anatomy of a sin.

At the level of the soul, with our disordered desires: we are speaking of temptation.

It is not an actual sin at that level. We are drawn towards doing something sinful, but we haven’t done anything about it yet.

When it approaches the level of thought and decision, that is when sin becomes a part of it.

For a simple example, let’s take the sin of gluttony.

I just finished a wonderful meal, I’m completely full, no reason to eat another bite.

But I have a desire to go to the cookie jar and have one more cookie: that’s the disordered desire, that’s the temptation.

Then comes the thought: it sure would be nice to go steal a cookie from the cookie jar.

At this point it’s still a temptation: but now comes the decision.

I can make the virtuous decision: no, I’ve had enough to eat.

Or I can make the sinful decision to engage in gluttony: yes, I’ll go get that cookie.

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At that point, the sin has been committed.

Even if I get to the cookie jar and find it empty, and don’t actually eat that extra cookie, I’ve already committed the sin.

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So when we seek to implement Jesus’ zero-tolerance policy towards sin in our lives: the area for the violence and sacrifice he recommends, is at the level of our souls and our thoughts.

That is where the sin happens, that is where we need to cut things off.

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Patterns of thought that lead to sin need to be cut off.

Ways of thinking that lead to sin, need to be cut off.

We need to work on our disordered desires, bringing them back in line with the desires God created in us.

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Compared to this work, cutting off our hand or plucking out our eye would be so much easier!

Changing patterns of thought requires years of dedicated and consistent mental work.

Shaping disordered desires into well-ordered desires, is the work of a lifetime.

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It’s a difficult task, which is why it calls for violence and sacrifice.

God can complete this work within us, but he will need our full cooperation.

And we cooperate with Him:

By going to mass as often as we can.

Making frequent use of the sacrament of Confession.

Reading scripture.

Praying daily, on our own and with our families.

Studying the faith.

Studying the sciences, like psychology, that can help us change our disordered patterns of thought and desires, and getting professional help in that area when needed.

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Jesus directs us to do all these things, and to do them with an attitude of violence, and an understanding that they will entail great sacrifice.

But it is worth it, to cut sin our of our lives.

En Español

Lecturas y Evangelio en la USCCB

En la segunda mitad de nuestro Evangelio, Jesús nos enseña que debemos hacer todo lo posible para deshacernos del pecado en nuestras vidas.

Si tu mano te hace pecar, córtatela.

Si tu pie te hace pecar, córtalo.

Si tu ojo te hace pecar, sácatelo.

Pecar es un acto tan horrendo, no hay ningún costo demasiado alto para evitarlo.

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Por supuesto, es necesario decir que Jesús en realidad no nos ordena que nos cortemos los miembros: evitar un pecado cometiendo el pecado de autolesión no tiene ningún sentido.

Jesús está hablando simbólicamente, pero la violencia y el sacrificio que indica es la importancia que transmite el símbolo.

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El pecado comienza en un nivel espiritual: en nuestra alma, donde nuestros deseos desordenados provocan pensamientos desordenados, que, si se siguen, se convierten en acciones desordenadas.

El pecado comienza en el nivel del alma y finalmente llega al mundo físico que nos rodea.

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Si queremos cortar nuestro pecado en su origen, debemos trabajar en nuestras almas.

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Echemos un vistazo más de cerca a la anatomía de un pecado.

A nivel del alma, con nuestros deseos desordenados: estamos hablando de tentación.

No es un pecado real a ese nivel. Nos sentimos atraídos por hacer algo pecaminoso, pero en realidad no hemos hecho nada al respecto.

Cuando se acerca al nivel de pensamiento y decisión es cuando ocurre el pecado.

Para un ejemplo simple, tomemos el pecado de la gula:

Acabo de terminar una comida maravillosa, estoy completamente lleno, no hay razón para comer más.

Pero tengo el deseo de ir al tarro de las galletas y comerme una galleta más: ese es el deseo desordenado, esa es la tentación.

Luego viene el pensamiento: seguro que sería bueno ir a robar una galleta del tarro de galletas.

En este punto todavía es una tentación, pero ahora viene la decisión.

Puedo tomar la decisión virtuosa: no, ya he comido bastante.

O puedo tomar la decisión pecaminosa de dedicarme a la glotonería: sí, iré a buscar esa galleta.

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En ese momento, se ha cometido el pecado.

Incluso si llego al tarro de galletas y lo encuentro vacío, y en realidad no me como esa galleta extra, ya he cometido el pecado.

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Entonces, cuando buscamos implementar la enseñanza de Jesús de eliminar el pecado de nuestras vidas: el área para la violencia y el sacrificio que él recomienda, está al nivel de nuestras almas y nuestros pensamientos.

Ahí es donde ocurre el pecado, ahí es donde tenemos que cortar las cosas.

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Es necesario cortar los patrones de pensamiento que conducen al pecado.

Las formas de pensar que conducen al pecado deben ser eliminadas.

Necesitamos trabajar en nuestros deseos desordenados, volviéndolos a alinear con los deseos que Dios creó en nosotros.

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En comparación con este trabajo, ¡cortarnos la mano o arrancarnos el ojo sería mucho más fácil!

Cambiar los patrones de pensamiento requiere años de trabajo mental dedicado y constante.

Dar forma a los deseos desordenados en deseos bien ordenados es el trabajo de toda una vida.

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Es una tarea difícil, por eso requiere violencia y sacrificio.

Dios puede completar esta obra dentro de nosotros, pero necesitará nuestra plena cooperación.

Y cooperamos con Él:

Yendo a misa tan a menudo como podamos.

Haciendo uso frecuente del sacramento de la Confesión.

Leer las escrituras.

Orando a diario, solos y con nuestras familias.

Estudiando la fe.

Estudiar las ciencias, como la psicología, que pueden ayudarnos a cambiar nuestros patrones desordenados de pensamientos y deseos, y obtener ayuda profesional en esa área cuando sea necesario.

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Jesús nos indica que hagamos todas estas cosas, y que las hagamos con una actitud de violencia, y entendiendo que supondrán un gran sacrificio.

Pero vale la pena eliminar el pecado de nuestras vidas.

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