2022.01.16 Homily

Readings and Gospel at USCCB

There is a reason the first miracle of Jesus, is at a wedding feast.

It is such a strong symbol for the Kingdom of God.

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In a wedding, a man a woman are joined together, till death do they part.

Out of this unity, will come some sort of fruitfulness, whether they be blessed with children, or even if not, their gift of service to the community.

This joining of two persons, and the promise of fruitfulness it entails, is worthy of celebration!

In the United States, we have left behind much of the celebration traditionally associated with weddings.

At the time of Jesus, wedding feasts would carry on for days. And even today, in other countries, wedding feasts are still celebrated over the course of a few days.

And nothing is more worthy of such a sustained celebration!

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This reality of wedding and feast, is a perfect symbol for Heaven, as it is the uniting of a soul with God, and the eternal celebration that it entails.

That is Heaven, an eternity of joy, brought about by a perfect union of souls to their creator.

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But that is where some of the similarity ends. For while a wedding is the uniting of two persons, Heaven is the uniting of many, to the one God.

And that is where our second reading comes in.

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St Paul discusses the variety of gifts the Spirit gives to individual followers of Jesus.

Many gifts, many kinds of service, one Spirit, one mission, one Church.

A perfect unity of diverse members.

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With these two images in mind, many lessons can be contemplated, but I will draw out this one:

We can rejoice, in the fact that God has chosen us.

In our strengths and in our weaknesses, in the gifts that the Spirit has given us, in our unique ways of carrying out the mission of the Church, God has chosen each and every one of us.

We have no cause for envy or jealousy at the gifts of others, for we have been given our own gifts.

We have no cause for suspicion or hatred of others for their weaknesses and faults, for we also have our own.

But we do have cause for rejoicing, because God has chosen us!

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The enemy would have us believe the lies, that we are unworthy of love, that we must prove ourselves, that nobody likes us, and the only way to survive, is to be callous and cold.

But the voice of God constantly whispers: before I formed you in the womb I knew you, I have chosen you from the beginning, and I want to spend eternity with you.

En Español

Lecturas y Evangelio en la USCCB

Hay una razón por la que el primer milagro de Jesús es en una fiesta de bodas.

Es un símbolo tan fuerte para el Reino de Dios.

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En una boda, un hombre y una mujer se unen, hasta que la muerte los separe.

De esta unidad surgirá algún tipo de fecundidad, ya sea que sean bendecidos con hijos, o incluso si no, su don de servicio a la comunidad.

Esta unión de dos personas, y la promesa de fecundidad que conlleva, ¡es digna de celebración!

En Estados Unidos hemos olvidado gran parte de la celebración tradicionalmente asociada a las bodas.

En la época de Jesús, las fiestas de bodas se prolongaban durante días. E incluso hoy, en otros países, las bodas se siguen celebrando durante días.

¡Y nada más digno de tal celebración sostenida!

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Esta realidad de boda y fiesta es un símbolo perfecto del Cielo, ya que es la unión de un alma con Dios y la celebración eterna que le sigue.

Eso es el Cielo, una eternidad de alegría, realizada por una perfecta unión de las almas con su creador.

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Pero ahí es donde termina parte de la similitud. Porque mientras una boda es la unión de dos personas, el Cielo es la unión de muchos, a un solo Dios.

Y ahí es donde nuestra segunda lectura se vuelve importante.

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San Pablo analiza la variedad de dones que el Espíritu da a los seguidores individuales de Jesús.

Muchos dones, muchas clases de servicio, un Espíritu, una misión, una Iglesia.

Una unidad perfecta de diversos miembros.

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Con estas dos imágenes en mente, se pueden contemplar muchas lecciones, pero extraeré esta:

Podemos regocijarnos, que Dios nos ha elegido.

En nuestras fortalezas y en nuestras debilidades, en los dones que el Espíritu nos ha dado, en nuestras formas únicas de llevar a cabo la misión de la Iglesia, Dios nos ha elegido a todos y cada uno de nosotros.

No tenemos motivos para la envidia o los celos por los dones de los demás, porque se nos han dado nuestros propios dones.

No tenemos motivos para sospechar u odiar a los demás por sus debilidades y defectos, porque también tenemos los nuestros.

¡Pero tenemos motivos para regocijarnos, porque Dios nos ha elegido!

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El enemigo quiere que creamos las mentiras, que no somos dignos de amor, que debemos probarnos a nosotros mismos, que nadie nos quiere y que la única forma de sobrevivir es ser insensible y frío.

Pero la voz de Dios susurra constantemente: antes de formarte en el vientre te conocí, te elegí desde el principio y quiero pasar la eternidad contigo.

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